Padres, hijos y la “nueva normalidad”.

Seguramente el lector habrá llevado su atención a la tercera parte de éste título, por lo que vale aclarar que estas palabras no harán referencia a la situación post pandemia covid-19 que tanto se ha mencionado, sobre todo en las primeras semanas de confinamiento obligatorio, cuya situación era tan novedosa e incierta que despertó, en la imaginación de muchos, innumerables teorías acerca del futuro próximo. Pues bien, no hablaremos de eso.

Como punto de partida, nos referiremos a uno de los múltiples aspectos que conforman la relación que une a los padres con sus hijos: la educación.

Forma parte de la condición de padres la obligación de educar a los hijos y, por ende, los derechos correspondientes para que puedan desarrollar esta misión.

Pero una gran parte de la educación es aquella que se recibe en la Escuela, y en nuestro país, distintos gobiernos han asumido el “derecho” de determinar los contenidos que se imparten en la misma. En otro artículo prometemos tratar acerca de la legitimidad de este pretendido “derecho”.

Siguiendo con esta reflexión, se observa que, a pesar del distinto signo de los sucesivos gobiernos, desde hace un tiempo se ejecuta un plan sistemático que ha introducido en la enseñanza impartida en la escuela ideologías que no están de acuerdo con los principios en los cuales muchos padres desean educar a sus hijos.

Baste como ejemplo la ESI (Educación Sexual Integral) que ha despertado la alarma de muchos padres que han buscado soluciones, aquí y allá, para ejercer su derecho en cuanto a la educación elegida para sus hijos.

Pero no bastan estos esfuerzos que, aunque encomiables, no dejan de ser aislados. Es necesario promocionar un cambio que beneficie no sólo a algunas familias, sino que cree condiciones generales para la generación presente y para las familias venideras.

Un autor argentino contemporáneo ya hace muchos años planteaba éste problema con estas iluminadoras palabras:

“La Escuela Argentina es laica (que no quiere decir neutral en religión), siendo impía es emponzoñada. Todos los niños pobres argentinos son violentados a comer ese alimento…

¿Basta para reparar, el catecismo parroquial y las abnegadísimas escuelas gratuitas católicas? No basta. Eso se debe hacer, y es eficacísimo y necesarísimo en el orden sobrenatural,… Pero se debe hacer para justamente obtener lo otro, el orden natural y normal, la regulación normal y justa. Y eso solamente se puede obtener por medios políticos, así como la actual injusticia y violencia se impuso al país desprevenido y dormido por medios abusivamente políticos.

Al parecer, nada ha cambiado, o mejor dicho la vieja normalidad nos indica que si algo cambia es para peor. Pero la “nueva normalidad” a la que aspiramos comienza por creer que es posible un nuevo orden que, tutelado por las leyes, garantice, entre otras cosas, este derecho básico de los padres respecto a sus hijos.

Una “nueva normalidad” que sin duda implica más cambios en nuestra sociedad, pero que comienza, insistimos, con cuestionar la actual normalidad; y que sigue con descubrir que estamos llamados a realizar una acción política que propicie los cambios necesarios.

Citamos nuevamente al autor antes mencionado cuya claridad conceptual nos vuelve a iluminar:

Acción política es una obra de orden humano, aunque nobilísima, que tiene sus leyes propias, y a la cual todo ciudadano tiene obligación, y algunos de entre ellos, estricta y rigurosa Vocación”.

Si hay compromiso, una “nueva normalidad” no sólo es necesaria sino también posible.